Lo que me ayuda a afrontar una pérdida

Tarde o temprano, sucede: se mueve la tierra bajo tus pies porque se muere una persona a la que quieres tanto, que no concibes una vida sin su presencia. Te rompes, te ahogas, te hundes, te levantas, te sorprendes, te asustas, te enfadas, te rebelas, te vacías… Pero todo ha de continuar, aunque ya nada es igual.

Cada uno vive esta experiencia de una manera única, y seguramente irrepetible; por eso no estoy seguro de que lo que digo tenga sentido para alguien, pero a mí me está sirviendo, y me animo a compartir lo que me ayuda:
Acoger los sentimientos y emociones que genera. La tristeza, la rabia, la culpa, y muchos sentimientos a veces contradictorios, nos embargan. Todos ellos tienen un valor y un sentido, cada sentimiento me muestra un camino, por lo que rechazarlos nos priva de la posibilidad de elaborar una respuesta sana  y de tener una experiencia que puede resultar enriquecedora.

Expresar lo que siento y lo que pienso por vías diferentes: una palabra reveladora, un abrazo tierno y sostenido, una sonrisa de complicidad; pero también un sollozo incontenible, un gesto de retraimiento, una escapada a la soledad. Un dibujo o un garabato, un poema o unos ripios, una oración o una última charla imposible, un grito o un susurro.

Compartir la experiencia. Con los que siempre están ahí y con los que vienen para la ocasión. No dejarme llevar por juicios sobre la hipocresía de quien se aproxima después de tanto tiempo de ausencia; no dudar de las convenciones sociales. Dar espacio y tiempo a los próximos y a los que se acercan; entre tantas personas, y durante el tiempo necesario, sentirme mecido  por un oleaje que me trae y me lleva, pero que al fin me entrega suavemente a la orilla.

Confiar en que toda experiencia tiene sentido y en mi capacidad para encontrarlo. Creer que no hay un final definitivo, sino un principio desconocido: ya no me voy a poder relacionar con él como siempre, pero sí de otra manera para siempre.

Agradecer a la persona todo su ser: su presencia y su ausencia, sus buenos momentos y los malos, los abrazos y los alejamientos, las palabras y los silencios, su generosidad y su lucha por encontrar su hueco propio. Agradecer su existencia, y la suerte de presenciarla.

Perdonar. Perdonarle a él porque no hizo sino vivir con todas las consecuencias, y perdonarme a mí si alguna vez creí que él era mío, o si alguna vez cuestioné su libertad o su destino.

Aceptar que la evidencia de la muerte solo es superada por la evidencia de la vida. Una y otra no se dan por separado, y la misma energía que me anima para vivir, se impone con fuerza para aceptar el morir.

Afirmar. Decir un sí a la vida y al amor. Un sí a él y a nosotros.

A papá.

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