Claves de una relación de ayuda efectiva

La relación que se establece entre dos personas que se expresan con sinceridad y con cariño es por sí misma terapéutica. Todos hemos vivido la experiencia de haber sido aliviados por otra persona en momentos de dificultad; y todos hemos podido ser útiles en alguna ocasión tendiendo una mano o prestando oídos a quien necesitaba ayuda. Entre dos personas con buena disposición para dar y recibir ayuda se produce una especie de magia que mitiga el sufrimiento y, cómo no, multiplica la alegría.

No hace falta ser un experto en técnicas terapéuticas, ni un profesional de la psicología o la medicina. Sin duda, para quien conoce los intrincados secretos del comportamiento humano y aplica los conocimientos que la ciencia de la mente pone a nuestra disposición, puede ser más fácil activar la palanca que promueve la salud y la paz interior. Pero un psicólogo de la talla de Carl Rogers, padre de la psicología humanista, pone especial énfasis en afirmar que no son tan importantes las técnicas utilizadas como el modo de ser de la persona que presta ayuda.

En una de sus obras más relevantes y conocidas, El proceso de convertirse en persona, resume con las siguientes palabras las condiciones que debe tener una relación que ofrece posibilidades para el desarrollo de personas creativas, adaptadas y autónomas.

Si puedo tener una relación que, de mi parte, se caracterice por:

  • Una autenticidad y transparencia en la cual pueda yo vivir mis verdaderos sentimientos;
  • Una cálida aceptación y valoración de la otra persona como individuo diferente;
  • Y una sensible capacidad de ver a mi cliente y su mundo tal como él lo ve;

Entonces, el otro individuo:

  • Experimentará y comprenderá aspectos de sí mismo anteriormente reprimidos;
  • Logrará cada vez mayor integración personal y será más capaz de funcionar con eficacia;
  • Se parecerá cada vez más a la persona que querría ser;
  • Se volverá más personal, más original y expresivo;
  • Será más emprendedor y se tendrá más confianza;
  • Se tornará más comprensivo, podrá aceptar mejor a los demás, y
  • Podrá enfrentar los problemas de la vida de una manera más fácil y adecuada.

En este fragmento aparecen formuladas, las clásicas tres actitudes que debe mostrar quien pretenda generar una relación de ayuda a otra persona: autenticidad, aceptación incondicional y empatía.

Rogers consideraba que estas tres son condiciones necesarias y suficientes en toda relación de ayuda, lo cual le generó desavenencias, e incluso la separación casi definitiva de algunos colegas, como Robert Carkhuff; pero parece que él mantuvo esa idea hasta el final. Mientras tanto, Carkhuff, y otros especialistas, dedicaron muchas investigaciones y prácticas a desentrañar cuáles serían las destrezas que debe desarrollar quien quiera ayudar a las personas de una manera sistemática.

Decir que son condiciones necesarias significa que para ofrecer una ayuda eficiente no basta con la buena voluntad o una intención encomiable.

Decir que son condiciones suficientes significa que no son imprescindibles otros artificios: ni una técnica científica depurada, ni productos farmacéuticos, ni aparatos medidores, ni siquiera una formación académica, lo cual también motivó discrepancias de sus colegas universitarios.

Para Rogers, basta con que el ayudante:

  • se haga presente tal cual es (autenticidad),
  • confíe en las posibilidades del otro y lo acepte sin juicios que lo limiten (aceptación),
  • y comprenda su modo de ser y de actuar (empatía).

Con estos ingredientes, y si ambos se comprometan a establecer una relación transparente y orientada al cambio, la relación se caracterizará por ser de ayuda efectiva.

Diez creencias tóxicas que te impiden cambiar… y 30 antídotos

En ocasiones, aunque tengamos muy claro que es necesario acometer un cambio en nuestra vida, no nos decidimos a emprenderlo . Puede haber circunstancias objetivas que lo hagan muy difícil, o que lo desaconsejen en un momento dado, pero muchas veces el obstáculo para cambiar nos lo ponemos nosotros mismos.

No podemos elegir no cambiar, porque el cambio y la transformación permanente son ley de vida. Pero lo cierto es que sí podemos resistirnos al cambio, e, incluso, tratar inútilmente de que no se produzca. Nuestra mente, que es amante de la comodidad, inventa justificaciones para que no gastemos energía en dar pasos que nos muevan de donde estamos. Así nos llenamos de creencias tóxicas que actúan como candados emocionales e intelectuales para mantener la puerta cerrada a nuevos rumbos. Si las hacemos caso, se estrechará nuestro margen de actuación y restaremos posibilidades a la expresión genuina de nuestra individualidad.

Se trata de creencias muy sutiles que, a fuerza de repetirlas tenazmente, se instalan en nuestra conciencia casi sin darnos cuenta, y acaban teniendo un efecto disuasorio frente a los cambios. No obstante, existen muchos antídotos contra ese resultado tan adverso y podemos inocularlos poco a poco para producir en nosotros una reacción terapéutica.

Te proponemos que hagas un chequeo para detectar si tienes esas creencias y que experimentes con sus antídotos. Verás cómo con el tiempo puedes descubrir tú otros más adecuados para ti.

Uno. ” No puedo”.

Te falta confianza en ti mismo, y dudas de tus posibilidades. Entonces…

  • Piensa más en tus fortalezas que en tus debilidades.
  • Echa la vista atrás y aprecia todos los cambios que ya se han producido en tu vida gracias a tu voluntad.
  • Visualiza cuántas ventajas tiene para ti el cambio que pretendes. Eso te dará energías para lograrlo.

Dos. “No sé”.

Eres consciente de que necesitas un cambio, pero estás aturdido y solo ves una maraña  de posibilidades a la que no encuentras sentido.

  • Date tiempo para pensar.
  • Aprende de cómo otros lo han hecho.
  • Pide ayuda.

Tres. “Ahora no”.

Te parece que no es este el momento, que más tarde se darán las condiciones adecuadas en las que de verdad sí podrás hacer lo necesario. Crees que es mejor empezar el lunes o a comienzos de año.

  • Y si no ahora… ¿Cuándo?
  • Recuerda cuántas veces no te ha funcionado lo de empezar mañana.
  • ¿Qué estás haciendo ahora que merece más la pena?

Cuatro. “No tengo tiempo”.

Estás muy liado en resolver otras muchas cosas, pero ¿realmente son todas tan importantes?

  • Planifica tu vida: traza un plan y da pequeños pasos para cumplirlo.
  • Prioriza entre todas tus opciones: prescinde de los superfluo e innecesario.
  • Distingue entre lo importante y lo urgente.

Cinco. “Y después qué?

Te da miedo que, si cambias tu situación actual, en la que de alguna manera has encontrado tu zona de confort, te tengas que enfrentar a lo desconocido. Eso asusta.

  • Entrena tu flexibilidad: siempre hay algo que cambiar para mejorar.
  • Únete a otros en nuevos proyectos y amplía tu red de intereses.
  • Alimenta tu vocación vital: pon tu mente y tu corazón en algo que te apasione.

Seis. “No vale la pena”.

Crees que después de producir un cambio en tu vida, vas a querer producir otro y otro. Y consideras que no merece la pena ese esfuerzo permanente si nunca vas a estar satisfecho.

  • Confía en tus posibilidades. Siempre puedes hacerlo mejor.
  • ¿Acaso es mejor repetir permanentemente lo que no te satisface?
  • Saborea cada momento del proceso. No esperes al resultado final para sentir que todo fluye.

Siete. “No me hace falta”.

Estás convencido de que has llegado al final del camino, y ya no necesitas demostrarte nada a ti mismo ni a los demás.

  • ¿Crees que puedes impedir cambiar? Al menos, elige cómo.
  • Piensa cómo serías ahora si no hubiera habido cambios importantes en tu vida.
  • Si crees que para ti no es necesario cambiar, escucha lo que los demás te pueden sugerir. Hazlo por ellos.

Ocho. “No soy yo quien tiene que cambiar”.

Estás satisfecho contigo mismo. Tienes muy claro que los demás sí que tendrían que dar un giro a su vida, o al menos, cambiar algún hábito que no ven que les perjudica a ellos o a mí.

  • ¿No creías que no podías cambiarte a ti mismo? ¿Cómo vas a cambiar a los demás?
  • Ya sabes que más importante que tu circunstancia es cómo te relacionas con ella.
  • Haz realidad en ti  mismo el cambio que deseas en el mundo.

Nueve. “No sé a dónde ir”.

No te satisface ninguno de los escenarios posibles, y te ha invadido el tedio.

  • Practica la meditación cada día, o, al menos, reserva un momento para valorar si lo que piensas, sientes y haces se ajusta con tu propósito vital.
  • Emprende el camino y evalúa los resultados.
  • Ve más allá de ti mismo. Cultiva una actitud de servicio.

Diez. “No lo van a aceptar”.

Tiene mucho peso en ti lo que otros opinen; sobre todo los más próximos. Tal vez crees que puedes hacerles daño o provocarles una desilusión si haces algo que no esperan.

  • Cree en ti mismo. Tienes algo genuino que aportar y solo tú puedes hacerlo.
  • Convierte a los demás en tus cómplices y aliados.
  • Piensa por encima de todo en el bien común más que en tu imagen personal.

Finalmente, acepta el reto: descubre cómo eres; define cómo puedes llegar a ser, y emprende el camino con determinación.